Por qué no me gusta usar el flash

Por qué no me gusta el flash

Como ya he comentado por mis redes sociales y demás, esta semana he estado algo desaparecida porque estuve cubriendo fotográficamente esta conferencia de fisioterapia y salud mental durante los tres días que duró. Un poco en contradicción con mi última entrada y mis protestas sobre “trabajar gratis”, éste ha sido un trabajo no remunerado, pero decidí aceptar porque 1) fue un profesor de la carrera el que nos pidió colaboración porque él estaba en la organización y 2) iba a ser muy buena experiencia y currículum.

Los dos días anteriores estuve un poco frustrada porque me arrepentía de haberme apuntado, ya que iban a ser tres largos días de trabajo (y eso que yo me iba antes de lo esperado porque tenía que irme a trabajar por la tarde), de levantarme a las 6 de la mañana y no parar; pero una vez que estuve allí y comencé la rutina de hacer fotos en todas las salas, de capturar las emociones de la gente, me alegré de haber decidido incorporarme. 

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Os cuento todo esto como introducción para sacar el tema del que quiero hablar hoy: el uso del flash. En una de las pausas para el café, uno de los fisioterapeutas que estaba en la conferencia se acercó a hablar conmigo y mis compañeras y me preguntó por qué no usaba un flash externo. A él también le gustaba la fotografía y llevaba su propia cámara, pero no había traído el flash por falta de espacio. Le llamaba la atención que yo no lo utilizara ya que mi única función allí era hacer fotos, y por tanto, esperaba que tuviese todo el material que él consideraba indispensable. Básicamente, el material con el que contaba era el mío (no se nos facilitaba ninguno por parte de la organización), así que aunque hubiera querido utilizar un flash, no iba a comprármelo sólo para esa conferencia (supongo que el hombre creía que estábamos contratadas y que era una fotógrafa profesional). Pero de todas maneras, las razones que le di (y que os voy a dar) son las que justifican que no me guste usar el flash. Aunque lo tuviera o me lo regalaran.

Sé que todo esto depende de cada persona y de su forma de trabajar, y considero que no hay una opción más “válida” o “profesional”. Estos son mis motivos, al igual que las personas que decidan utilizarlo tendrán los suyos.

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Lo primero de todo es que no estoy en contra de la iluminación artificial, sino del flash. La gran diferencia es que unos focos, aunque aporten una luz “falsa”, están ahí de forma continua, no parpadean y llaman la atención sobre su presencia como ocurre con el flash. Y es que éste es uno de los principales motivos por los que no me gusta utilizar el flash: no te permite pasar desapercibida mientras haces una foto. Durante la conferencia, mi presencia estaba clara, porque me iba moviendo de un lado a otro de la sala, me arodillaba en el suelo, me subía a una tarima, etc. Pero era una presencia secundaria, la gente que estaba allí, estaba a lo suyo: escuchando las distintas charlas y talleres. Y eso me permitía poder capturar sus reacciones y emociones de forma natural sin que fueran conscientes de que yo estaba allí. Además, en el caso de los ponentes, me di cuenta de que algunos se sentían incómodos con una cámara apuntándoles (así decidí tomar las fotos desde una distancia mayor), pero peor habría sido que un flash les recordara continuamente que yo estaba allí. Además, la sala de conferencias principal tenía unas cristaleras enormes y una luz maravillosa, así que en ese caso también resultaba innecesario incorporar un flash. En las otras salas sí es cierto que la iluminación resultaba algo más escasa; pero nada que no pudiera resolver cambiando algunos valores de la cámara o utilizando un objetivo de distancia focal fija.

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Éste es el motivo principal que más relevancia tiene en mi decisión, pero también hay aspectos secundarios como el tipo de iluminación que le da a las fotos, ya que no se puede controlar de la misma manera que unos focos. Si tienes varias fuentes de iluminación, aunque sea artificial, puedes colocarlas a tu gusto para producir o contrarrestar sombras; sin embargo el flash externo es una “extremidad” más de tu cámara y no te permite el mismo juego. Me da la sensación de que es él quien te controla a ti y no tú a él.

Además, me parece un peso innecesario con el que cargar. Creo que cuanto más ligera vaya (teniendo en cuenta lo que de por sí pesa ya la cámara, los objetivos y el trípode si es necesario) más libertad voy a tener para hacer fotos y mejores ángulos y fotografías voy a conseguir, y el flash sólo sería un estorbo más en mi movilidad.

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Puede que en un tiempo mi opinión sobre el flash cambie, pero en todos estos años que llevo dedicándome a la fotografía de forma no-profesional, siempre me ha parecido algo innecesario y que incluso en momentos más serios como éste (cubrir una conferencia) me ha seguido resultando igual de innecesario. Así que, por el momento, estos son mis motivos.

¿Vosotros qué opináis? ¿Os gusta utilizar el flash u opináis como yo? Me encantaría leer vuestras reflexiones al respecto y vuestras razones. ¡Quizá me hagan ver las cosas de otra manera. Si queréis compartir vuestras ideas, podéis dejar un comentario.

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